Uñas

la chica de los jueves

Diez de diciembre. Las Navidades no empiezan hasta que llega la caja de Navidad al trabajo. Año tras año, soy incapaz de esperar ni un solo día a llevármela a casa. Me da lo mismo lisiarme por el camino. Me da lo mismo que mi atrofiada columna vertebral acabe más dolorida de lo habitual. Me da lo mismo que todos en el autobús me la miren con deseo. Creo que es el día del año que más sentimiento corporativo me entra. Orgullo de caja. Espalda lisiada.

Y por si no tengo bastante con el camino tienda-autobús-calle-casa, me remato ya con mis queridos cuatro pisos sin ascensor. Pero no me importa. Abrir la caja cual niña pequeña supera el cansancio y todos los males. Lo mejor es que mi madre siempre me da la enhorabuena cuando ve que subo con la caja. No sé si la “enhorabuena” es porque he conseguido no…

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